Una de las más importantes recomendaciones que se indicaron en el reciente curso celebrado en el Dojo Shumeikan fué que debíamos acercarnos a la práctica con el "espíritu del principiante". Esta recomendación no es una receta, no tiene una fórmula. Más bien parece algún tipo de inducción a la reflexión personal.
El espírutu del principiante es un concepto que anida en la mente de cada uno. En primer lugar, es algo que no tiene sentido recordar sino a aquellos que llevan ya mucho tiempo de práctica y que han podido olvidar ó arrinconar en cierta forma dicho espíritu. Lo normal al transitar un camino es, sobre todo si el camino es largo y arduo, concentrarnos en el paso a paso, en el día a día. Superar las dificultades a medida que van surgiendo y acumular experiencia hace que en ocasiones se pierda de vista las razones que nos llevaron a echarnos al camino, ó las expectativas que entonces teníamos y que ahora han cambiado, influídas por los acontencimientos sucedidos.
A mí se me ocurren diversos puntos de interés para ahondar en este pensamiento. Como casi todas las cuestiones que tratan con nuestras actitudes ante la vida, hay dos vertientes claras en esta reflexión: una interior y otra exterior.
En la reflexión interior el espíritu del principiante pienso que debería reflejarse en una vuelta a las causas primeras de búsqueda que nos hicieron comenzar el camino. El principiante busca activamente, desea conocer, tiene ilusión y entusiasmo. Es una persona abierta, que bebe del conocimiento que se le ofrece. Muchas veces acudimos al dojo con la vasija llena y no cabe nada nuevo. El principiante viene al dojo con su vasija vacía, dispuesto a llenarla, con afán de llenarla con el conocimiento nuevo. Algunos practicantes antiguos han perdido esta capacidad. Van al dojo más por rutina, ó por compromiso, que movidos por la ilusión de aprender. Quizá parte del espríritu del principiante mencionado se refiera a esto.
No solo en la dimensión del conocimiento puede hacerse uno principiante. También en la dimensión interior de la actitud. La humildad con uno mismo es la eliminación de las barreras internas que uno se ha puesto a sí mismo tras un largo periodo de aprendizaje. No me cabe duda de que se han aprendido valiosísimos conocimientos tras tantos años de práctica, pero su contemplación no pueden sustituir a la actitud humilde de quien entiende y asume que le queda una inmensidad por aprender. La humildad no es un cualidad para la galería. Es una cuestión de higiene. Si nos aseamos en un momento dado, no damos por supuesto que ya no tendremos que hacerlo nunca mas. Hay que ser lo bastante sincero con uno mismo como para entender que el descubriento genial de hoy es la ortodoxia inmóvil del mañana, por lo que, haciendo un ejercicio de humildad, hemos de destruir nuestro bien construido sistema para volver a edificarlo, sin caer en la contemplación y admiración de aquello que ya sabemos hacer. El principiante no tiene un edificio de conocimiento previo y puede construir libremente. Nosotros debemos arrasar el solar para volver a construir un edificio mejor que el anterior. Y para hacer esto es necesario ser humilde.
Además de este sentimiento interior, existe un comportamiento social exterior que también puede remitirnos al espíritu del principiante. Personas con tantos años de práctica a sus espaldas son pilares reconocidos de sus respectivos dojos y cumplen habitualmente un papel determinado de guía y consejo para otros. Además se relacionan con ellos desde la perspectiva de la experiencia. No es ni mucho menos desaconsejable volver a ser un estudiante novato de tanto en tanto. Limpiar y asear el dojo, escuchar con atención las correcciones de otros sin llevar la "voz cantante", no ser tratados de forma especial. Este también es el espíritu del principiante.
Es normal que este espacio en el dojo esté reservado a aquellos que empiezan, ya que en estas actitudes y experiencias también hay un importante valor didáctico y no hemos de robar dichas oportunidades. Pero no me cabe duda de que volver a ser el último de la fila, el que acaba de llegar, lleva a nuevos, quizá olvidados, puntos de vista que ayudan completar el mapa global. Es muy significativo apreciar como los maestros consagrados no son capaces de actuar como principiantes al aceptar una corrección por parte de un tercero. Esto no tiene que ver con si la corrección es válida ó no, sino con la capacidad de privarse a sí mismos de su propia importancia y ejercitar, por un momento, la escucha activa sin prejuicios sobre el nivel comparativo.
Muchas veces pedimos al estudiante nuevo que confíe en nuestro criterio y que entienda que el comienzo del camino pasa por etapas de aceptación inicialmente incomprensibles que luego demostrarán su utilidad. Sin embargo cuando somos nosotros quienes ponemos en primer lugar el concepto del nivel comparativo que mantenemos quien nos intenta corregir, frente a la confianza en que su criterio pueda ser válido, estamos perdiendo la batalla con nuestro ego y quizá perdiendo la oportunidad de aprender algo nuevo.
Hasta para aprender de los errores del otro hay que, inicialmente, aceptarlos. Si los rechazamos ¿como estamos seguros de que estábamos en el buen camino?... Y, una vez aceptado e incrementado nuestro conocimiento incluso con aquello que ahora sabemos que no deseamos, ¿acaso no le debemos al otro este nuevo conocimiento? ... y con más razón si descubrimos que algo valioso que incorporar a nuestro saber.
Muchos de los que ostentamos altos grados y títulos muchas veces no somos capaces de mantener el control ni siquiera en la práctica del dojo, dejando a nuestro ego prevalecer sobre nuestro deber con nosotros mismos y con el espíritu del aikido... así que no me digan que no hace falta un poco más de espírtu del principiante en todos nosotros.
Hace falta... y mucho... para todos.
martes, mayo 08, 2007
martes, abril 10, 2007
La búsqueda del conocimiento
Si alguien me preguntara la razón por la que persisto en el estudio de una disciplina tan poco práctica como el Aikido ó la Esgrima, sería largo de contar, casi demasiado como para que mereciera la pena la explicación. Para cuando llegara a conclusiones valiosas para mi interlocutor, el conjunto de condicionantes y circunstancias sería tan particular, que nada podría extraerse para provecho de otro.
Sin embargo, la búsqueda de un conocimiento, cualquiera que este sea, reviste algunos principios universales que es ilustrativo comentar con quien haya decidido embarcarse en cualquier aventura similar, independientemente del tema de su atención.
Dejando a un lado la motivación, imprescindible, pero difícilmente generalizable, toda búsqueda de conocimiento tiene una inspiración fundamental: ha de ser conocimiento útil, ó al menos presentar un potencial de utilidad razonable.
Ser útil no significa exactamente lo mismo que ser práctico. Hay cantidades ingentes de conocimiento muy útil pero poco práctico. Lo que sucede es que su utilidad no fructifica al ser aplicado, sino al ser estudiado. Todo conocimiento es útil si ha llevado a una transformación, ó una mejora, de quién lo ha buscado. Además la “practicidad” está unida, indisolublemente, a un campo de aplicación. Lo que es práctico en la agricultura es absolutamente superfluo en el mantenimiento de aviones, por decir algo.
Dicho de otro modo, para los menos dados a los conceptos abstractos, cargar cajas al hacer una mudanza es práctico, hacer pesas para mejorar el tono muscular es útil.
Desde esta perspectiva de utilidad existen dos modos de aproximación al conocimiento, ya descritos desde la antigüedad. Es la dualidad entre teoría y práctica. Al final ambas son útiles, pero constituyen dos estados diferentes del conocimiento.
El proceso de análisis – síntesis es análogo. Desde el punto de vista del estudio de las artes marciales, éstas están polarizadas en torno a estos mismos conceptos. Existen ciertas disciplinas que se centran sobre todo en lo “práctico” mientras que otras se consideran más “espirituales”. Al final están participando de esta misma dicotomía.
La diferencia radica sobre todo en los estudios incompletos. Imaginemos una corona que en dos puntos del diámetro tienen dos colores claramente complementarios, rojo y verde, por no centrarnos en el blanco y negro que siempre tiene ciertas connotaciones maniqueístas. Entre el punto del verde puro y el del rojo puro la gama de colores va transformándose gradualmente de uno en otro. Dependiendo del punto por el que decidamos entrar, la disciplina se considerará más espiritual ó más técnica, pero si vamos a realizar el circuito completo, al final habremos recorrido los mismos puntos, pasando por los mismos sitios.
Algunos practicantes ven el aikido como una disciplina muy espiritual, desvinculada de la efectividad y del combate. Esos mismos practicantes verán seguramente el boxeo como una disciplina muy práctica sin profundidad moral ni consideración a sus principios. Mi convencimiento es que los verdaderos maestros de ambas disciplinas saben que sencillamente aterrizaron inicialmente en puntos distintos del círculo y que si quieren tener acceso a la totalidad del conocimiento que se deriva de aquello que están buscando, acabarán encontrándose unos y otros.
Por supuesto puede haber malos practicantes en ambas escuelas. Los boxeadores que no ahondan en los principios, en el dominio interior, en la forja de su persona de forma completa no llegarán a nada, por muchos combates que inicialmente puedan ganar. Asimismo, los aikidocas que no pongan a prueba su espíritu en lo más básico y terrenal de la experiencia marcial y que no se obliguen a respetarse a sí mismos y a sus principios en la pura práctica, tampoco llegarán al conocimiento por más que quieran sentirse “elevados”.
Creo que el camino es el mismo, lo que cambian son las personas que lo recorren. Muy pocos son aquellos que han estado en todos los puntos del circuito, muchos menos de los que dicen haber estado. Es un camino tan difícil y tan personal que muchos de nosotros no nos basta una sola vida para hacer el camino completo ni aunque nos lo propongamos, con que si ni siquiera estamos inquietos por hacerlo, menos todavía.
Sólo algunos afortunados pueden hacer coincidir sus habilidades, voluntad, claridad de visión y tiempo para hacer el recorrido al menos una vez. Y, seguramente, tras la primera vuelta descubran que en realidad es una espiral más que un círculo que nos conduce lentamente al centro de dicho conocimiento, donde la experiencia vital es plena.
En mi opinión, el aikido es un arte marcial poco práctico, según los conceptos que se han descrito. Es tremendamente útil, pero su aplicación inmediata es escasa, si consideramos conceptos como la defensa personal ó el combate. Dicho de otro modo, el aikidoca tarda mucho en poder aplicar sus conocimientos. Necesita mucho tiempo para madurar, porque entra en un punto del conocimiento del dominio de lo abstracto.
Al practicante de aikido se le habla constantemente de principios, de actitudes, de técnicas “pactadas” (katas). No se le pide que improvise, ni que se enfrente a situaciones descontroladas, ni que luche. Se le pide que observe, que infiera principios, que repita. Se le vincula a unas reglas de estudio que le permiten trabajar con principios y no con resultados.
No todo el mundo entiende esto. Desde un punto de vista de “arte marcial”, el aikido ofrece muy buenos resultados a largo plazo, pero muy pobres a corto y medio. De hecho, sin menoscabo de la excelente actitud y sincero espíritu de práctica de los aikidocas en general, la mayoría tarda mucho, a veces muchísimo, en comprender este punto.
Las correcciones habituales en la práctica que los maestros hacen a los alumnos están vinculadas al deseo de éstos de salirse de la norma propuesta y hacerlo más “vivo”, más “real”, más “práctico”... y casi siempre demasiado pronto.
Algunos incluso sufrimos de ciertas “alucinaciones marciales” y llegamos a creer que este estudio controlado y reglado es “la práctica real”. No señalo a nadie sino a mi mismo, y a todos aquellos que como yo, alguna vez pensaron que lo único que había que hacer es realizar las katas más rápido, más fuerte, más “marcial”. Es como si se pudiera escribir una obra maestra de la literatura escribiendo muy deprisa las cartillas del colegio. Ahora pienso que no es así. Las katas, las técnicas del programa ó las que se proponen en los cursos nunca serán sino abstracciones de estudio de un conocimiento. Su dominio, junto a otras consideraciones que no están escritas en el programa y un recorrido personal por la espiral del conocimiento es lo que nos permitirá ser prácticos, al estilo que tantos añoran y que no deberían buscar en la tergiversación del aikido.
Si algunos necesitamos satisfacer nuestro ego poniéndonos a prueba, debemos hacerlo allí donde seamos libre para aplicar nuestro conocimiento al cien por cien, donde no haya reglas para ninguna de las partes... pero no satisfagamos nuestras carencias en un tatami a costa de nuestros compañeros. Independientemente de que éstas se manifiesten al luxar un brazo ó al “adoctrinar” a otros practicantes con nuestras interminables charlas y consejos. Ambas cosas ponen de manifiesto defectos que debemos resolver a solas, con nosotros mismos.
La búsqueda del conocimiento se ve entorpecida por estas distracciones que, desde luego, se alejan de los principios.
Sin embargo, la búsqueda de un conocimiento, cualquiera que este sea, reviste algunos principios universales que es ilustrativo comentar con quien haya decidido embarcarse en cualquier aventura similar, independientemente del tema de su atención.
Dejando a un lado la motivación, imprescindible, pero difícilmente generalizable, toda búsqueda de conocimiento tiene una inspiración fundamental: ha de ser conocimiento útil, ó al menos presentar un potencial de utilidad razonable.
Ser útil no significa exactamente lo mismo que ser práctico. Hay cantidades ingentes de conocimiento muy útil pero poco práctico. Lo que sucede es que su utilidad no fructifica al ser aplicado, sino al ser estudiado. Todo conocimiento es útil si ha llevado a una transformación, ó una mejora, de quién lo ha buscado. Además la “practicidad” está unida, indisolublemente, a un campo de aplicación. Lo que es práctico en la agricultura es absolutamente superfluo en el mantenimiento de aviones, por decir algo.
Dicho de otro modo, para los menos dados a los conceptos abstractos, cargar cajas al hacer una mudanza es práctico, hacer pesas para mejorar el tono muscular es útil.
Desde esta perspectiva de utilidad existen dos modos de aproximación al conocimiento, ya descritos desde la antigüedad. Es la dualidad entre teoría y práctica. Al final ambas son útiles, pero constituyen dos estados diferentes del conocimiento.
El proceso de análisis – síntesis es análogo. Desde el punto de vista del estudio de las artes marciales, éstas están polarizadas en torno a estos mismos conceptos. Existen ciertas disciplinas que se centran sobre todo en lo “práctico” mientras que otras se consideran más “espirituales”. Al final están participando de esta misma dicotomía.
La diferencia radica sobre todo en los estudios incompletos. Imaginemos una corona que en dos puntos del diámetro tienen dos colores claramente complementarios, rojo y verde, por no centrarnos en el blanco y negro que siempre tiene ciertas connotaciones maniqueístas. Entre el punto del verde puro y el del rojo puro la gama de colores va transformándose gradualmente de uno en otro. Dependiendo del punto por el que decidamos entrar, la disciplina se considerará más espiritual ó más técnica, pero si vamos a realizar el circuito completo, al final habremos recorrido los mismos puntos, pasando por los mismos sitios.
Algunos practicantes ven el aikido como una disciplina muy espiritual, desvinculada de la efectividad y del combate. Esos mismos practicantes verán seguramente el boxeo como una disciplina muy práctica sin profundidad moral ni consideración a sus principios. Mi convencimiento es que los verdaderos maestros de ambas disciplinas saben que sencillamente aterrizaron inicialmente en puntos distintos del círculo y que si quieren tener acceso a la totalidad del conocimiento que se deriva de aquello que están buscando, acabarán encontrándose unos y otros.
Por supuesto puede haber malos practicantes en ambas escuelas. Los boxeadores que no ahondan en los principios, en el dominio interior, en la forja de su persona de forma completa no llegarán a nada, por muchos combates que inicialmente puedan ganar. Asimismo, los aikidocas que no pongan a prueba su espíritu en lo más básico y terrenal de la experiencia marcial y que no se obliguen a respetarse a sí mismos y a sus principios en la pura práctica, tampoco llegarán al conocimiento por más que quieran sentirse “elevados”.
Creo que el camino es el mismo, lo que cambian son las personas que lo recorren. Muy pocos son aquellos que han estado en todos los puntos del circuito, muchos menos de los que dicen haber estado. Es un camino tan difícil y tan personal que muchos de nosotros no nos basta una sola vida para hacer el camino completo ni aunque nos lo propongamos, con que si ni siquiera estamos inquietos por hacerlo, menos todavía.
Sólo algunos afortunados pueden hacer coincidir sus habilidades, voluntad, claridad de visión y tiempo para hacer el recorrido al menos una vez. Y, seguramente, tras la primera vuelta descubran que en realidad es una espiral más que un círculo que nos conduce lentamente al centro de dicho conocimiento, donde la experiencia vital es plena.
En mi opinión, el aikido es un arte marcial poco práctico, según los conceptos que se han descrito. Es tremendamente útil, pero su aplicación inmediata es escasa, si consideramos conceptos como la defensa personal ó el combate. Dicho de otro modo, el aikidoca tarda mucho en poder aplicar sus conocimientos. Necesita mucho tiempo para madurar, porque entra en un punto del conocimiento del dominio de lo abstracto.
Al practicante de aikido se le habla constantemente de principios, de actitudes, de técnicas “pactadas” (katas). No se le pide que improvise, ni que se enfrente a situaciones descontroladas, ni que luche. Se le pide que observe, que infiera principios, que repita. Se le vincula a unas reglas de estudio que le permiten trabajar con principios y no con resultados.
No todo el mundo entiende esto. Desde un punto de vista de “arte marcial”, el aikido ofrece muy buenos resultados a largo plazo, pero muy pobres a corto y medio. De hecho, sin menoscabo de la excelente actitud y sincero espíritu de práctica de los aikidocas en general, la mayoría tarda mucho, a veces muchísimo, en comprender este punto.
Las correcciones habituales en la práctica que los maestros hacen a los alumnos están vinculadas al deseo de éstos de salirse de la norma propuesta y hacerlo más “vivo”, más “real”, más “práctico”... y casi siempre demasiado pronto.
Algunos incluso sufrimos de ciertas “alucinaciones marciales” y llegamos a creer que este estudio controlado y reglado es “la práctica real”. No señalo a nadie sino a mi mismo, y a todos aquellos que como yo, alguna vez pensaron que lo único que había que hacer es realizar las katas más rápido, más fuerte, más “marcial”. Es como si se pudiera escribir una obra maestra de la literatura escribiendo muy deprisa las cartillas del colegio. Ahora pienso que no es así. Las katas, las técnicas del programa ó las que se proponen en los cursos nunca serán sino abstracciones de estudio de un conocimiento. Su dominio, junto a otras consideraciones que no están escritas en el programa y un recorrido personal por la espiral del conocimiento es lo que nos permitirá ser prácticos, al estilo que tantos añoran y que no deberían buscar en la tergiversación del aikido.
Si algunos necesitamos satisfacer nuestro ego poniéndonos a prueba, debemos hacerlo allí donde seamos libre para aplicar nuestro conocimiento al cien por cien, donde no haya reglas para ninguna de las partes... pero no satisfagamos nuestras carencias en un tatami a costa de nuestros compañeros. Independientemente de que éstas se manifiesten al luxar un brazo ó al “adoctrinar” a otros practicantes con nuestras interminables charlas y consejos. Ambas cosas ponen de manifiesto defectos que debemos resolver a solas, con nosotros mismos.
La búsqueda del conocimiento se ve entorpecida por estas distracciones que, desde luego, se alejan de los principios.
miércoles, marzo 07, 2007
Entrenamiento, esfuerzo, recompensa.
(enviado por Manoli)
Puede que este comentario no resulte tan técnico e interesante como a los que estáis acostumbrados a leer en el blog, pero le he pedido permiso a Sergio para poder publicarlo y compartirlo con vosotros.
Cada uno tenemos diferentes formas o maneras de ver el Aikido, su práctica y dedicación. Hay gente que se lo toma como una mera práctica de un “deporte” limitándose a ir a sus clases semanales, otras personas se centran en intentar aprender sólo la técnica que explica cada maestro, otros no tienen posibilidades para acceder a cursos o dedicarle más horas, otros se marcan una meta donde quieren llegar y se estancan en el aprendizaje. Podría decir más ejemplos, pero cada uno sabe lo que para el/ella es el Aikido, lo que le aporta y el tiempo, dedicación y esfuerzo que le quiere o puede dedicar para evolucionar o simplemente para su práctica. Todo ello totalmente respetable ya que cada persona siente, tiene y ve sus propios valores de vivir la vida y lo que la rodea.
Para mí, la práctica del Aikido, me ha ido enseñando diferentes aspectos, valores y enseñanzas según he ido evolucionando en el poco tiempo que llevo practicándolo.
Me gustaría centrarme en hacer un breve comentario sobre la preparación para los exámenes, ya que es algo que he vivido recientemente y que me ha aportado mucho.
Todos empezamos diciendo que nos da igual no examinarnos, que simplemente es algo que nos gusta y quieres dedicarle un tiempo, al menos yo pensaba así. Ahora me doy realmente cuenta de lo importante que es.
Examinarse es una prueba para uno mismo. A todos nos gustaría hacer un buen examen para demostrar a los demás lo bien que lo hemos hecho y que nuestros maestros estén orgullosos de nosotros, pero hay algo mucho más importante y gratificante que eso, la sensación con la que uno se queda. Esa percepción es la que te dice como lo has hecho, lo que hay que mejorar, si has evolucionado, como te has sentido, … Tal vez en este último examen que he realizado (2º Kyu), es donde realmente me he dado cuenta de todo ello y lo he analizado después. La sensación que tenía al finalizar los anteriores exámenes simplemente era “me ha gustado o no”. Después de este último examen, me acordaba de los movimientos, técnicas, errores, mejoras, y, sino hubiera sido por los nervios acumulados en el estómago, se que mi rendimiento hubiera sido mejor, sobre todo mi trabajo de uke. Supongo que eso también se mejorará con el tiempo y se aprende a disfrutar más los exámenes.
Tal vez esto haya sido la recompensa de la dedicación que le he dado, sobre todo en los dos últimos meses donde he realizado más esfuerzos, le he dedicado más horas de entrenamiento y me he centrado en los puntos débiles para convertirlos en mejorables. Ya no hablo sólo de fallos técnicos, sino también físicos (conseguir fondo físico), mejorar ukemis, actitud y aptitud. Aspectos que a veces no les damos suficiente importancia porque nos centramos en la realización de la técnica y, al menos yo, los considero tan importantes o más que la propia técnica.
Para terminar, querría agradecer a mis compañeros y, por supuesto, a Sergio, su apoyo, ayuda y participación en la preparación del examen que realizamos el sábado en Paracuellos del Jarama. Bruno, José Carlos, Alfredo, Richard, … compañeros que han aportado, cada uno dentro de sus posibilidades, una colaboración ejemplar.
Gracias a todos.
Puede que este comentario no resulte tan técnico e interesante como a los que estáis acostumbrados a leer en el blog, pero le he pedido permiso a Sergio para poder publicarlo y compartirlo con vosotros.
Cada uno tenemos diferentes formas o maneras de ver el Aikido, su práctica y dedicación. Hay gente que se lo toma como una mera práctica de un “deporte” limitándose a ir a sus clases semanales, otras personas se centran en intentar aprender sólo la técnica que explica cada maestro, otros no tienen posibilidades para acceder a cursos o dedicarle más horas, otros se marcan una meta donde quieren llegar y se estancan en el aprendizaje. Podría decir más ejemplos, pero cada uno sabe lo que para el/ella es el Aikido, lo que le aporta y el tiempo, dedicación y esfuerzo que le quiere o puede dedicar para evolucionar o simplemente para su práctica. Todo ello totalmente respetable ya que cada persona siente, tiene y ve sus propios valores de vivir la vida y lo que la rodea.
Para mí, la práctica del Aikido, me ha ido enseñando diferentes aspectos, valores y enseñanzas según he ido evolucionando en el poco tiempo que llevo practicándolo.
Me gustaría centrarme en hacer un breve comentario sobre la preparación para los exámenes, ya que es algo que he vivido recientemente y que me ha aportado mucho.
Todos empezamos diciendo que nos da igual no examinarnos, que simplemente es algo que nos gusta y quieres dedicarle un tiempo, al menos yo pensaba así. Ahora me doy realmente cuenta de lo importante que es.
Examinarse es una prueba para uno mismo. A todos nos gustaría hacer un buen examen para demostrar a los demás lo bien que lo hemos hecho y que nuestros maestros estén orgullosos de nosotros, pero hay algo mucho más importante y gratificante que eso, la sensación con la que uno se queda. Esa percepción es la que te dice como lo has hecho, lo que hay que mejorar, si has evolucionado, como te has sentido, … Tal vez en este último examen que he realizado (2º Kyu), es donde realmente me he dado cuenta de todo ello y lo he analizado después. La sensación que tenía al finalizar los anteriores exámenes simplemente era “me ha gustado o no”. Después de este último examen, me acordaba de los movimientos, técnicas, errores, mejoras, y, sino hubiera sido por los nervios acumulados en el estómago, se que mi rendimiento hubiera sido mejor, sobre todo mi trabajo de uke. Supongo que eso también se mejorará con el tiempo y se aprende a disfrutar más los exámenes.
Tal vez esto haya sido la recompensa de la dedicación que le he dado, sobre todo en los dos últimos meses donde he realizado más esfuerzos, le he dedicado más horas de entrenamiento y me he centrado en los puntos débiles para convertirlos en mejorables. Ya no hablo sólo de fallos técnicos, sino también físicos (conseguir fondo físico), mejorar ukemis, actitud y aptitud. Aspectos que a veces no les damos suficiente importancia porque nos centramos en la realización de la técnica y, al menos yo, los considero tan importantes o más que la propia técnica.
Para terminar, querría agradecer a mis compañeros y, por supuesto, a Sergio, su apoyo, ayuda y participación en la preparación del examen que realizamos el sábado en Paracuellos del Jarama. Bruno, José Carlos, Alfredo, Richard, … compañeros que han aportado, cada uno dentro de sus posibilidades, una colaboración ejemplar.
Gracias a todos.
viernes, febrero 16, 2007
Los modos de entrenamiento
Resulta curioso como nuestros esfuerzos por ayudar a compañeros y alumnos a ampliar su conocimiento de aikido se ven corregidos por la realidad implacable. Deseamos transmitir conceptos, sensaciones y principios sin darnos cuenta de que para que todo ello asiente en el que escucha, debe haber unas condiciones previas que lo permitan.
Así, tendemos a explicar a nuestros alumnos aquellas preguntas y respuestas que nosotros mismos nos hacemos sin darnos cuenta que la diferencia entre los expertos y los aprendices reside, precisamente, en que manejamos vocabularios e incluso idiomas distintos.
He asistido frecuentemente, con perplejidad e incluso alguna tristeza, a los esfuerzos vanos de un determinado maestro por transmitir un concepto ó un matiz a unos alumnos que le escuchan cautivados por las hermosas palabras y ejemplos del maestro, pero a los que no deja poso alguno la explicación. Se levantan para practicar y todo aquello tan maravilloso que han escuchado y que tan encantadoramente les ha seducido no ha conseguido empaparlos, a veces ni mojarlos. Como si fueran de teflón, nada se pega.
¿Acaso hay una mayoría de alumnos que son torpes? ¿Son necios, descuidados, tan pagados de sí mismos que no hacen sino lo que les viene en gana, sin tratar de imitar lo que el maestro les pide? ... No lo creo. Sin poner en duda que habrá quien acuda a los cursos y las clases por motivos equivocados, la inmensa mayoría de los compañeros y alumnos con los que he tenido la suerte de practicar son personas de categoría. En todos los sentidos. En cualquiera de ellos.
Entonces, ¿por que es tan costoso hacer "productiva" una clase? En este momento hay que hacer una reflexión sincera sobre los roles que están sobre el tatami y los objetivos de cada uno de los implicados. En primer lugar es evidente que el profesor trabaja para sí mismo. La continuidad de la escuela, el progreso del grupo, la calidad de la actividad están directamente relacionados con el progreso del profesor, y dicho progreso sólo se puede producir (si es que se da) en las clases que imparte. Por tanto, las cuestiones sobre las que el profesor está trabajando se ponen de manifiesto en clase. Quizá el punto está en que dichas cuestiones y las que los alumnos deben aprender no son las mismas, o al menos no lo son en el mismo plano.
Si hay un defecto, entre muchos otros, que puedo atribuirme como profesor es que no he dado a mis alumnos un mapa claro de aprendizaje, unas indicaciones sobre el camino que pueden recorrer para progresar. Por lo general he contado y pedido que se apliquen conceptos, ideas y principios que incluso yo mismo estaba estudiando y perfeccionando en ese momento, por lo que es normal que haya fomentado el caos y la desestructuración de su enseñanza.
Tampoco es que tenga una solución brillante para este problema. Está claro que no voy a volver recurrentemente al ukemi, los desplazamientos ó los conceptos básicos cada seis meses para mostrar la base a los últimos incorporados. Esto detendría mi aprendizaje y todo el grupo se vería perjudicado. Pero lo que sí puedo hacer es explicar algo que pueda entenderse desde distintos planos de trabajo e indicar a cada alumno donde debería hacer hincapié, de forma que no todos andemos buscando lo mismo. Es una tontería que un alumno que lleva seis meses busque la fluidez, la sutilidad, el equilibrio interior cuando no sabe ni donde pone los pies.
Pienso que el desafío consiste en proponer trabajos que puedan derivarse de una práctica común, de una técnica concreta, pero que puedan dar satisfacción a los distintos planos de interrogación de los alumnos a medida que elevan su nivel. Y este tipo de organización de la enseñanza debe serles explicada.
Como profesor debería ser capaz de proponer una técnica que pudiera ser considerada en diversos planos y explicar, según los niveles de los distintos alumnos, que deben buscar en dicha técnica, en dicha práctica. Por poner un ejemplo, si explico algo como "yokomenuchi - sihonage" los más nuevos deben practicar el ataque y el desplazamiento junto con el control y el atemi, aquellos que lleven un tiempo deben buscar el trabajo sólido, enfocándose en la completitud de la técnica, aunque resulte ruda y discontínua, buscando ser preciso y sin fisuras, aunque haya de emplear cierta fuerza física. Los que sean más expertos y ya dominen los trabajos anteriores, deben buscar cierta continuidad y solapamiento entre la acción del aite y la del tori, así como un ukemi adaptado y fluido, buenas posturas. Luego están los que ya han superado esa etapa de enlazar su trabajo con el del aite y pueden centrarse en la fluidez, la relajación de la ejecución, la continuidad sin fronteras de los trabajos de los dos participantes, el respeto a la acción del otro, la armonía en la acción. Y finalmente, para aquellos que dominen cada uno de los planos anteriores queda el trabajo sobre el kokyu, la anticipación de la intención, la armonía en lo mental y en lo espiritual. Es el trabajo, imagino, de un maestro.
Cualquiera puede trabajar en su plano de estudio ó en cualquiera de los anteriores que ya haya superado, pero es injusto pedir a los propios alumnos que intenten trabajar en un plano superior a aquel que todavía no dominan. Tan es así, que muchos de estos alumnos, pecan de optimistas recalcitrantes y con una ambición mal entendida, pretendiendo sentirse en un nivel superior al que realmente han interiorizado. Así es como a veces se pone de manifiesto el ego, cuando no admitimos que estamos en un nivel inferior y que quizá todavía no dominamos los desplazamientos, los ataques ó el trabajo sólido, que es rudo y poco agradable, y pretendemos vernos capacitados para "fluir" y buscar la armonía.
A un niño no se le deja conducir un coche aunque lo pida y él se sienta muy seguro... y algunos profesores corregimos a nuestros alumnos pidiendoles que piloten aviones cuando apenas saben ir en bicicleta. Y eso no es justo. Ahora hay dos tareas pendientes: la de los profesores que deberían aceptar el nivel de sus alumnos, medir el nivel exigencia y proponer trabajos que puedan ser adaptados (quizá no siempre, pero tampoco nunca); y la de los propios alumnos, que deberían conocer cuales son las etapas del camino y en cual se encuentran y no pretender "saltarse" algunas para estar en cabeza de cartel ó para ahorrarse trabajos poco agradables.
Al final esto genera frustración y desánimo, cuando debería enriquecer y consolidar a las personas. Y, además, lo normal es que personas con capacidades y necesidades distintas, tengan tratamientos y enseñanzas distintas.
Así, tendemos a explicar a nuestros alumnos aquellas preguntas y respuestas que nosotros mismos nos hacemos sin darnos cuenta que la diferencia entre los expertos y los aprendices reside, precisamente, en que manejamos vocabularios e incluso idiomas distintos.
He asistido frecuentemente, con perplejidad e incluso alguna tristeza, a los esfuerzos vanos de un determinado maestro por transmitir un concepto ó un matiz a unos alumnos que le escuchan cautivados por las hermosas palabras y ejemplos del maestro, pero a los que no deja poso alguno la explicación. Se levantan para practicar y todo aquello tan maravilloso que han escuchado y que tan encantadoramente les ha seducido no ha conseguido empaparlos, a veces ni mojarlos. Como si fueran de teflón, nada se pega.
¿Acaso hay una mayoría de alumnos que son torpes? ¿Son necios, descuidados, tan pagados de sí mismos que no hacen sino lo que les viene en gana, sin tratar de imitar lo que el maestro les pide? ... No lo creo. Sin poner en duda que habrá quien acuda a los cursos y las clases por motivos equivocados, la inmensa mayoría de los compañeros y alumnos con los que he tenido la suerte de practicar son personas de categoría. En todos los sentidos. En cualquiera de ellos.
Entonces, ¿por que es tan costoso hacer "productiva" una clase? En este momento hay que hacer una reflexión sincera sobre los roles que están sobre el tatami y los objetivos de cada uno de los implicados. En primer lugar es evidente que el profesor trabaja para sí mismo. La continuidad de la escuela, el progreso del grupo, la calidad de la actividad están directamente relacionados con el progreso del profesor, y dicho progreso sólo se puede producir (si es que se da) en las clases que imparte. Por tanto, las cuestiones sobre las que el profesor está trabajando se ponen de manifiesto en clase. Quizá el punto está en que dichas cuestiones y las que los alumnos deben aprender no son las mismas, o al menos no lo son en el mismo plano.
Si hay un defecto, entre muchos otros, que puedo atribuirme como profesor es que no he dado a mis alumnos un mapa claro de aprendizaje, unas indicaciones sobre el camino que pueden recorrer para progresar. Por lo general he contado y pedido que se apliquen conceptos, ideas y principios que incluso yo mismo estaba estudiando y perfeccionando en ese momento, por lo que es normal que haya fomentado el caos y la desestructuración de su enseñanza.
Tampoco es que tenga una solución brillante para este problema. Está claro que no voy a volver recurrentemente al ukemi, los desplazamientos ó los conceptos básicos cada seis meses para mostrar la base a los últimos incorporados. Esto detendría mi aprendizaje y todo el grupo se vería perjudicado. Pero lo que sí puedo hacer es explicar algo que pueda entenderse desde distintos planos de trabajo e indicar a cada alumno donde debería hacer hincapié, de forma que no todos andemos buscando lo mismo. Es una tontería que un alumno que lleva seis meses busque la fluidez, la sutilidad, el equilibrio interior cuando no sabe ni donde pone los pies.
Pienso que el desafío consiste en proponer trabajos que puedan derivarse de una práctica común, de una técnica concreta, pero que puedan dar satisfacción a los distintos planos de interrogación de los alumnos a medida que elevan su nivel. Y este tipo de organización de la enseñanza debe serles explicada.
Como profesor debería ser capaz de proponer una técnica que pudiera ser considerada en diversos planos y explicar, según los niveles de los distintos alumnos, que deben buscar en dicha técnica, en dicha práctica. Por poner un ejemplo, si explico algo como "yokomenuchi - sihonage" los más nuevos deben practicar el ataque y el desplazamiento junto con el control y el atemi, aquellos que lleven un tiempo deben buscar el trabajo sólido, enfocándose en la completitud de la técnica, aunque resulte ruda y discontínua, buscando ser preciso y sin fisuras, aunque haya de emplear cierta fuerza física. Los que sean más expertos y ya dominen los trabajos anteriores, deben buscar cierta continuidad y solapamiento entre la acción del aite y la del tori, así como un ukemi adaptado y fluido, buenas posturas. Luego están los que ya han superado esa etapa de enlazar su trabajo con el del aite y pueden centrarse en la fluidez, la relajación de la ejecución, la continuidad sin fronteras de los trabajos de los dos participantes, el respeto a la acción del otro, la armonía en la acción. Y finalmente, para aquellos que dominen cada uno de los planos anteriores queda el trabajo sobre el kokyu, la anticipación de la intención, la armonía en lo mental y en lo espiritual. Es el trabajo, imagino, de un maestro.
Cualquiera puede trabajar en su plano de estudio ó en cualquiera de los anteriores que ya haya superado, pero es injusto pedir a los propios alumnos que intenten trabajar en un plano superior a aquel que todavía no dominan. Tan es así, que muchos de estos alumnos, pecan de optimistas recalcitrantes y con una ambición mal entendida, pretendiendo sentirse en un nivel superior al que realmente han interiorizado. Así es como a veces se pone de manifiesto el ego, cuando no admitimos que estamos en un nivel inferior y que quizá todavía no dominamos los desplazamientos, los ataques ó el trabajo sólido, que es rudo y poco agradable, y pretendemos vernos capacitados para "fluir" y buscar la armonía.
A un niño no se le deja conducir un coche aunque lo pida y él se sienta muy seguro... y algunos profesores corregimos a nuestros alumnos pidiendoles que piloten aviones cuando apenas saben ir en bicicleta. Y eso no es justo. Ahora hay dos tareas pendientes: la de los profesores que deberían aceptar el nivel de sus alumnos, medir el nivel exigencia y proponer trabajos que puedan ser adaptados (quizá no siempre, pero tampoco nunca); y la de los propios alumnos, que deberían conocer cuales son las etapas del camino y en cual se encuentran y no pretender "saltarse" algunas para estar en cabeza de cartel ó para ahorrarse trabajos poco agradables.
Al final esto genera frustración y desánimo, cuando debería enriquecer y consolidar a las personas. Y, además, lo normal es que personas con capacidades y necesidades distintas, tengan tratamientos y enseñanzas distintas.
martes, enero 30, 2007
Las cosas bien hechas
Este fin de semana he asistido a un nuevo curso de Aikido en Alicante. Llevo muchos años acudiendo a los cursos que organizan los compañeros de allí, pero esta vez se han superado. Lo primero que quiero es felicitar a Javier de María por una organización impecable y por habernos hecho sentir como en casa... mejor que en casa, otra vez.
Este curso ha sido impartido por Gilbert Milliat. Desde luego, hay aikido para todos los gustos, pero lo que este gran maestro enseña es digno de figurar entre las prioridades de cualquiera que tenga ganas de aprender y ojos en la cara. Me cuesta recordar un ejemplo tan equilibrado de conocimiento, actitud, orientación y humanidad. Ha sido un curso genial, no sólo porque lo hayamos pasado bien, sino porque ha sido tan palpable, tan cercano, que uno no se explica como puede andar perdido la mayor parte del tiempo.
Vayamos por partes: la organización del curso ha sido un éxito porque se han encontrado él planteamiento excelente y el contenido valioso. El curso se ha estructurado como de preparación para candidatos a examen de tercer y cuarto dan, otorgando para ello un tiempo dedicado exclusivamente a los practicantes de cierto nivel. Durante este tiempo, el maestro Gilbert no se ha limitado a una enseñanza convencional, sino que ha ido un paso más allá. Ha hecho partícipe a la clase de sus propias reflexiones sobre lo que tales grados significan. Ha hablado de la actitud, de los conceptos subyacentes, del aiki, de la implicación. Ha dicho claramente donde radica la diferencia, como el trabajo a dicho nivel debe llevarse a cabo sobre las bases mismas del aikido personal. Ha mencionado que la armonía no es un efecto, sino un objetivo a perseguir, una actitud respecto al aikido y a la vida. Ha dejado claro que cada cual no debe esconderse tras la técnica, la condición física ó las excusas que nos engañan y hacen aceptable un bajo nivel de implicación. En fin, que ha venido a ponernos las peras al cuarto.
Pero lo mejor de todo, ha sido el modo en que nos ha querido transmitir el mensaje. No desde el lado del que corrige los fallos de otros, sino desde la compasión, entendida como franca empatía. En sus explicaciones, ha mencionado la dureza del entrenamiento, la necesidad de asimilación por parte del cuerpo de lo que la mente comprende intelectualmente. Ha hablado de las dificultades del camino desde la perspectiva del que camina contigo, no desde la atalaya del que ya ha llegado.
En resumen, es un maestro que enseña el cómo además del qué. Su aikido es excelente pero no pretencioso, su actitud es marcial pero no hostil, su trabajo es sincero pero no brutal. Por extraño que pueda parecer, si uno no tiene aspiración de ser una estrella del "candelabro" del aikido, es el modelo inmediato y cercano.
Su perfección no radica en su infalibilidad sino en su planteamiento, en su actitud y en su enorme dimensión como ser humano.
Gracias, otra vez, por haber compartido con todos nosotros este trabajo.
Este curso ha sido impartido por Gilbert Milliat. Desde luego, hay aikido para todos los gustos, pero lo que este gran maestro enseña es digno de figurar entre las prioridades de cualquiera que tenga ganas de aprender y ojos en la cara. Me cuesta recordar un ejemplo tan equilibrado de conocimiento, actitud, orientación y humanidad. Ha sido un curso genial, no sólo porque lo hayamos pasado bien, sino porque ha sido tan palpable, tan cercano, que uno no se explica como puede andar perdido la mayor parte del tiempo.
Vayamos por partes: la organización del curso ha sido un éxito porque se han encontrado él planteamiento excelente y el contenido valioso. El curso se ha estructurado como de preparación para candidatos a examen de tercer y cuarto dan, otorgando para ello un tiempo dedicado exclusivamente a los practicantes de cierto nivel. Durante este tiempo, el maestro Gilbert no se ha limitado a una enseñanza convencional, sino que ha ido un paso más allá. Ha hecho partícipe a la clase de sus propias reflexiones sobre lo que tales grados significan. Ha hablado de la actitud, de los conceptos subyacentes, del aiki, de la implicación. Ha dicho claramente donde radica la diferencia, como el trabajo a dicho nivel debe llevarse a cabo sobre las bases mismas del aikido personal. Ha mencionado que la armonía no es un efecto, sino un objetivo a perseguir, una actitud respecto al aikido y a la vida. Ha dejado claro que cada cual no debe esconderse tras la técnica, la condición física ó las excusas que nos engañan y hacen aceptable un bajo nivel de implicación. En fin, que ha venido a ponernos las peras al cuarto.
Pero lo mejor de todo, ha sido el modo en que nos ha querido transmitir el mensaje. No desde el lado del que corrige los fallos de otros, sino desde la compasión, entendida como franca empatía. En sus explicaciones, ha mencionado la dureza del entrenamiento, la necesidad de asimilación por parte del cuerpo de lo que la mente comprende intelectualmente. Ha hablado de las dificultades del camino desde la perspectiva del que camina contigo, no desde la atalaya del que ya ha llegado.
En resumen, es un maestro que enseña el cómo además del qué. Su aikido es excelente pero no pretencioso, su actitud es marcial pero no hostil, su trabajo es sincero pero no brutal. Por extraño que pueda parecer, si uno no tiene aspiración de ser una estrella del "candelabro" del aikido, es el modelo inmediato y cercano.
Su perfección no radica en su infalibilidad sino en su planteamiento, en su actitud y en su enorme dimensión como ser humano.
Gracias, otra vez, por haber compartido con todos nosotros este trabajo.
jueves, noviembre 16, 2006
El trabajo personal
Recientemente he asistido a un curso impartido por un reconocido maestro en el que he coincidido con gran número de viejos conocidos. Muchos de ellos llevan años y años asistiendo a cursos y me consta que practican con frecuencia en sus propios dojos o en los de sus profesores. Sin embargo, cuando algunos desarrollan su trabajo de clase, siguen dándome la misma impresión que me daban hace tiempo. Ésto, aguijoneado por un comentario de un compañero de práctica que me comentó la incómoda tendencia de varios practicantes que había encontrado, tan atentos a corregirle, incluso contradiciendo flagrantemente la explicación anterior del maestro, me ha hecho pensar.
No sería justo tildar de pedantes a todos ellos. Es más, por el tipo de persona que acude con frecuencia a los cursos de aikido, creo que hay más intención de ayudar que de satisfacer el propio ego (¿sonrisas?), pero aún así el resultado es un desastre.
Ni te permiten practicar concentrado en tu propio trabajo, ni puedes contar con su trabajo para desarrollar el tuyo, ni aprovechas el tiempo. Parece que el practicante que se empeña en corregirte ha de llevar razón o morir en el intento, destrozando el trabajo constructivo de ambos y sumergiendo la práctica en una competición en la que lo único importante es ejemplificar unas tesis anunciadas previamente, a buen seguro equivocadas (si el aikido pudiera verbalizarse y ser pleno, haríamos los cursos en aulas de conferencias y no en tatamis)
En todo caso pienso que muchos practicantes de aikido deberían reflexionar sobre el trabajo personal, sobre su trabajo personal. Cuando las personas acuden a un dojo a practicar unas horas por semana, asumen que su actividad de "aikido" se produce en el horario que marca el gimnasio. Parece algo normal, puesto que es el tiempo que se paga y el que se consigna para dicha tarea. Lo que ocurre es que hay personas que nunca pasan de este punto. Creen que acudir tres horas al tatami y tres o cuatro cursos al año son suficientes. Aquí eso donde discrepo.
Toda persona que haya seguido unos estudios sean primarios o de master de universidad saben que acudir a clase no es suficiente. Cuando se tiene interés por la materia y se desea progresar en ella existe un concepto llamado trabajo de clase (que es el que se da en horario lectivo) y un concepto llamado trabajo personal (que se da en horario lectivo y en horario no-lectivo)
La parte del trabajo de clase parece evidente: un maestro plantea una línea de trabajo, la explica, la relaciona con otros contextos, pone ejemplos y va llevando a cabo correcciones y orientaciones según le parece que las mismas sirven al objetivo planteado. Esta parte queda sobre todo en manos del profesor y de su habilidad para transmitir el mensaje que desea y los principios que lo respaldan.
De forma complementaria, queda por hacer el trabajo personal de cada uno. En este punto, el practicante puede adoptar varias actitudes:
- puede aplicarse, algo que se echa de menos en esta sociedad donde la ética del trabajo anda de capa caída, y tratar de hacer aquello que el profesor ha solicitado, en la forma en que lo ha explicado para alcanzar el conocimiento y la vivencia que se quiere transmitir .
- puede "pasar" y limitarse a cumplir el expediente, sin mayor interés por desentrañar el trabajo propuesto, remitiéndose a sus viejas formas conocidas sin pretender realmente innovar en su trabajo. Puede que haga esto por desidia, exige menos esfuerzo y es un mero trámite, por inseguridad, cree tener una fama ó un nivel ó un reconocimiento que podría "peligrar" por intentar cosas nuevas que bien podrían no salir al principio y eso le hace remitirse a lo "malo conocido", o incluso por ignorancia, ya que quizá nadie le ha explicado que la práctica no consisite en identificar cuales son las similitudes entre el propio trabajo y el propuesto, sino cuales son las diferencias para enriquecerlo. El proceso de aprendizaje exige la renovación de esquemas no la confirmación de los antiguos. Una de las ventajas del ser humano respecto a otros animales es la capacidad de abstracción que permite contemplar dos situaciones y extraer de ambas la parte común, para no tener que acordarse de ambas, sino tan sólo de aquello que comparten... pero esto es solo una verdad a medias: tiene sentido si la parte común que se extrae se define como el sustrato fundamental. De otro modo es una curiosidad anecdótica. En el caso de una técnica de aikido en un curso el objetivo del practicante debe ser identificar las diferencias con su propio concepto y trabajar sobre esto, no identificar las similitudes que hacen que repita lo que ya tiene asumido sin aportar(se) nada nuevo.
- puede interferir en el trabajo de los demás. Esto es seguramente lo peor que puede hacerse y es, por desgracia, bastante común. Ya sea por un ego mal dimensionado como por un exceso de bienintencionado proselitismo, insistir en demasía en un aspecto particular del trabajo desde "nuestro" punto de vista, sin respetar al compañero (ni su tiempo, ni su trabajo, ni su persona) es una falta de respeto a él y a nosotros mismos. Hay quien desea sentirse importante y hay quien quiere ayudar o se cree en la obligación de "enseñarnos". Al final, al practicar con este tipo de personas hemos perdido nuestro tiempo. No hemos podido aplicarnos en el trabajo propuesto porque el compañero no nos ha permitido llevar a cabo nuestra interpretación.
Al final lo que falla es el concepto de trabajo personal. Aprender aikido es algo más que asistir a clase. Ése algo más está relacionado con la elaboración personal que ha de manifestarse en clase, durante la práctica y fuera de clase, ya sea en forma de reflexión, de conversación o de observación. En la escuela también había varias clases de niños que iban desde los empollones hasta los problemáticos pasando por los aplicados, los neutrales, los pasotas y los revoltosos. Recurriendo un poco a la abstracción, podremos identificar estos mismos roles en un curso o en una clase.
Atención: es muy importante no demonizar ni ensalzar irreflexivamente a unos y a otros. Hay ocasiones en que los aplicados los son por las razones mas despreciables y los revoltosos tienen una inspiración intachable, pero es bueno ser consciente de esta realidad y nuestra posición dentro de ella. De este modo seremos libres para elegir donde queremos estar y cuales serán los principios que regirán nuestra conducta.
El trabajo personal es la herramienta que va de aquello que propone el maestro a nuestra propia práctica. Si hay poco trabajo personal seremos imitadores de nosotros mismos, si hay un poco más, seremos imitadores del trabajo de otros. Luego, añadiendo más trabajo, seremos generadores de trabajo propio y, con más trabajo aún, algunos llegarán a ser inspiradores del trabajo de los demás, como lo son los grandes maestros.
El trabajo personal es una asignatura de libre elección, pero no cabe duda de que marca la diferencia en la calidad de la práctica personal del aikido. En mi opinión, el ejercicio de aikido es beneficioso para la persona y por tanto, en un plano personal, es mejor practicar más y mejor puesto que el beneficio se incrementa. El tiempo así invertido rinde mucho más cuando existe un trabajo personal comprometido y sostenido a lo largo del tiempo.
Para aquellos que gustan de comparaciones, la primera diferencia que salta a la vista entre practicantes, independientemente del nivel que tengan, es la cantidad de trabajo personal que se refleja en su práctica... sean cuarto kyu ó cuarto dan... ;-)
No sería justo tildar de pedantes a todos ellos. Es más, por el tipo de persona que acude con frecuencia a los cursos de aikido, creo que hay más intención de ayudar que de satisfacer el propio ego (¿sonrisas?), pero aún así el resultado es un desastre.
Ni te permiten practicar concentrado en tu propio trabajo, ni puedes contar con su trabajo para desarrollar el tuyo, ni aprovechas el tiempo. Parece que el practicante que se empeña en corregirte ha de llevar razón o morir en el intento, destrozando el trabajo constructivo de ambos y sumergiendo la práctica en una competición en la que lo único importante es ejemplificar unas tesis anunciadas previamente, a buen seguro equivocadas (si el aikido pudiera verbalizarse y ser pleno, haríamos los cursos en aulas de conferencias y no en tatamis)
En todo caso pienso que muchos practicantes de aikido deberían reflexionar sobre el trabajo personal, sobre su trabajo personal. Cuando las personas acuden a un dojo a practicar unas horas por semana, asumen que su actividad de "aikido" se produce en el horario que marca el gimnasio. Parece algo normal, puesto que es el tiempo que se paga y el que se consigna para dicha tarea. Lo que ocurre es que hay personas que nunca pasan de este punto. Creen que acudir tres horas al tatami y tres o cuatro cursos al año son suficientes. Aquí eso donde discrepo.
Toda persona que haya seguido unos estudios sean primarios o de master de universidad saben que acudir a clase no es suficiente. Cuando se tiene interés por la materia y se desea progresar en ella existe un concepto llamado trabajo de clase (que es el que se da en horario lectivo) y un concepto llamado trabajo personal (que se da en horario lectivo y en horario no-lectivo)
La parte del trabajo de clase parece evidente: un maestro plantea una línea de trabajo, la explica, la relaciona con otros contextos, pone ejemplos y va llevando a cabo correcciones y orientaciones según le parece que las mismas sirven al objetivo planteado. Esta parte queda sobre todo en manos del profesor y de su habilidad para transmitir el mensaje que desea y los principios que lo respaldan.
De forma complementaria, queda por hacer el trabajo personal de cada uno. En este punto, el practicante puede adoptar varias actitudes:
- puede aplicarse, algo que se echa de menos en esta sociedad donde la ética del trabajo anda de capa caída, y tratar de hacer aquello que el profesor ha solicitado, en la forma en que lo ha explicado para alcanzar el conocimiento y la vivencia que se quiere transmitir .
- puede "pasar" y limitarse a cumplir el expediente, sin mayor interés por desentrañar el trabajo propuesto, remitiéndose a sus viejas formas conocidas sin pretender realmente innovar en su trabajo. Puede que haga esto por desidia, exige menos esfuerzo y es un mero trámite, por inseguridad, cree tener una fama ó un nivel ó un reconocimiento que podría "peligrar" por intentar cosas nuevas que bien podrían no salir al principio y eso le hace remitirse a lo "malo conocido", o incluso por ignorancia, ya que quizá nadie le ha explicado que la práctica no consisite en identificar cuales son las similitudes entre el propio trabajo y el propuesto, sino cuales son las diferencias para enriquecerlo. El proceso de aprendizaje exige la renovación de esquemas no la confirmación de los antiguos. Una de las ventajas del ser humano respecto a otros animales es la capacidad de abstracción que permite contemplar dos situaciones y extraer de ambas la parte común, para no tener que acordarse de ambas, sino tan sólo de aquello que comparten... pero esto es solo una verdad a medias: tiene sentido si la parte común que se extrae se define como el sustrato fundamental. De otro modo es una curiosidad anecdótica. En el caso de una técnica de aikido en un curso el objetivo del practicante debe ser identificar las diferencias con su propio concepto y trabajar sobre esto, no identificar las similitudes que hacen que repita lo que ya tiene asumido sin aportar(se) nada nuevo.
- puede interferir en el trabajo de los demás. Esto es seguramente lo peor que puede hacerse y es, por desgracia, bastante común. Ya sea por un ego mal dimensionado como por un exceso de bienintencionado proselitismo, insistir en demasía en un aspecto particular del trabajo desde "nuestro" punto de vista, sin respetar al compañero (ni su tiempo, ni su trabajo, ni su persona) es una falta de respeto a él y a nosotros mismos. Hay quien desea sentirse importante y hay quien quiere ayudar o se cree en la obligación de "enseñarnos". Al final, al practicar con este tipo de personas hemos perdido nuestro tiempo. No hemos podido aplicarnos en el trabajo propuesto porque el compañero no nos ha permitido llevar a cabo nuestra interpretación.
Al final lo que falla es el concepto de trabajo personal. Aprender aikido es algo más que asistir a clase. Ése algo más está relacionado con la elaboración personal que ha de manifestarse en clase, durante la práctica y fuera de clase, ya sea en forma de reflexión, de conversación o de observación. En la escuela también había varias clases de niños que iban desde los empollones hasta los problemáticos pasando por los aplicados, los neutrales, los pasotas y los revoltosos. Recurriendo un poco a la abstracción, podremos identificar estos mismos roles en un curso o en una clase.
Atención: es muy importante no demonizar ni ensalzar irreflexivamente a unos y a otros. Hay ocasiones en que los aplicados los son por las razones mas despreciables y los revoltosos tienen una inspiración intachable, pero es bueno ser consciente de esta realidad y nuestra posición dentro de ella. De este modo seremos libres para elegir donde queremos estar y cuales serán los principios que regirán nuestra conducta.
El trabajo personal es la herramienta que va de aquello que propone el maestro a nuestra propia práctica. Si hay poco trabajo personal seremos imitadores de nosotros mismos, si hay un poco más, seremos imitadores del trabajo de otros. Luego, añadiendo más trabajo, seremos generadores de trabajo propio y, con más trabajo aún, algunos llegarán a ser inspiradores del trabajo de los demás, como lo son los grandes maestros.
El trabajo personal es una asignatura de libre elección, pero no cabe duda de que marca la diferencia en la calidad de la práctica personal del aikido. En mi opinión, el ejercicio de aikido es beneficioso para la persona y por tanto, en un plano personal, es mejor practicar más y mejor puesto que el beneficio se incrementa. El tiempo así invertido rinde mucho más cuando existe un trabajo personal comprometido y sostenido a lo largo del tiempo.
Para aquellos que gustan de comparaciones, la primera diferencia que salta a la vista entre practicantes, independientemente del nivel que tengan, es la cantidad de trabajo personal que se refleja en su práctica... sean cuarto kyu ó cuarto dan... ;-)
martes, septiembre 26, 2006
Oriente y Occidente
Muchas veces, el estudio de un arte marcial, como puede ser el aikido hace que veamos las cosas de otro modo. Por nuestra tradición cultural, en la que nos hemos hecho personas, nuestros modelos de pensamiento tienen un sustrato común a toda la Europa occidental en la que estamos inmersos, especialmente en común con los pueblos mediterráneos.
Por esta razón, parece que existe una cierta corriente reactiva, por la que el estudio de las artes marciales nos lleva al otro extremo, aún sin darnos cuenta de que el otro extremo no es tal, sino tan solo la idea (romántica a veces) que los "occidentales" tenemos del otro extremo.
En innumerables ocasiones he visto la cara de sorpresa de aquellos que por lances de la vida tienen que tratar con individuos orientales al descubrir que éstos no son ni más ni menos espirituales que nosotros, ni más ni menos vagos, altruistas, esforzados ó cachondos que nosotros. Es cierto que las culturas son distintas y que el orden de las escalas de valores puede variar, pero el que se acerca a las artes marciales como si fuera conocimiento extraterrestre tiene que poner los pies en la tierra si no quiere chocar frontalmente con la realidad.
Desde el punto de vista de las artes marciales en general y del aikido en particular, el estudio de las mismas será más sencillo si partimos del conjunto de herramientas que el entorno nos ha proporcionado por habernos desarrollados dentro de una determinada cultura. Tratar de comprender conceptos ajenos, que otros pueblos llevan siglos forjando, resulta complicado y da lugar a no pocas confusiones. Así ocurre cuando los orientales nos hablan del "ki". Resulta dificil definir el "ki" con una sola palabra castellano ó en francés. Recurrimos para ello a circunloquios, frases, metáforas esperando comprender y ser comprendidos por nuestros semejantes, especialmente por aquellos que no practican aikido y cuyo bagaje conceptual representa básicamente la sociedad en la que vivimos.
Es posible que algunos conceptos deban ser "aprendidos" por occidente, pero no hay que caer en el provincianismo de considerar lo oriental siempre como lo mejor y abandonar las herramientas disponibles porque en japón no son habituales.
Si tuviera que estudiar ingeniería aeronáutica preferiría hacerlo en español por mucho que hayan sido los estadounidenses o los rusos los que hayan prorporcionado la mayor parte del material o los estudios. Así, si tengo que estudiar aikido, prefiero un profesor que utilice un lenguaje que me sea cercano, una metodología conocida y un estilo que se adapte a mí, con lo que mejorará mi aprendizaje.
Me resultan muy graciosos los profesores y alumnos que buscan imitar ciegamente aquellos que han visto porque lo hizo un tipo con los ojos rasgados, sin considerar otras opciones ni analizar cual es el objetivo, para que les sirve. Prefieresn la forma que el fondo. Esto es superficialidad.
Es como en los tests psicológicos de eligir la frase con la que se siente más identificado: muchos escogen la de "hay que imitar al maestro". No está mal pero quizá deberían plantearse la de "hay que aprender del maestro"...
... incluso, quizá, deberían preguntarse porqué no han escogido "hay que superar al maestro"...
Si Ueshiba hubiera sido conformista e imitador no estaríamos ni siquiera hablando del asunto.
Por esta razón, parece que existe una cierta corriente reactiva, por la que el estudio de las artes marciales nos lleva al otro extremo, aún sin darnos cuenta de que el otro extremo no es tal, sino tan solo la idea (romántica a veces) que los "occidentales" tenemos del otro extremo.
En innumerables ocasiones he visto la cara de sorpresa de aquellos que por lances de la vida tienen que tratar con individuos orientales al descubrir que éstos no son ni más ni menos espirituales que nosotros, ni más ni menos vagos, altruistas, esforzados ó cachondos que nosotros. Es cierto que las culturas son distintas y que el orden de las escalas de valores puede variar, pero el que se acerca a las artes marciales como si fuera conocimiento extraterrestre tiene que poner los pies en la tierra si no quiere chocar frontalmente con la realidad.
Desde el punto de vista de las artes marciales en general y del aikido en particular, el estudio de las mismas será más sencillo si partimos del conjunto de herramientas que el entorno nos ha proporcionado por habernos desarrollados dentro de una determinada cultura. Tratar de comprender conceptos ajenos, que otros pueblos llevan siglos forjando, resulta complicado y da lugar a no pocas confusiones. Así ocurre cuando los orientales nos hablan del "ki". Resulta dificil definir el "ki" con una sola palabra castellano ó en francés. Recurrimos para ello a circunloquios, frases, metáforas esperando comprender y ser comprendidos por nuestros semejantes, especialmente por aquellos que no practican aikido y cuyo bagaje conceptual representa básicamente la sociedad en la que vivimos.
Es posible que algunos conceptos deban ser "aprendidos" por occidente, pero no hay que caer en el provincianismo de considerar lo oriental siempre como lo mejor y abandonar las herramientas disponibles porque en japón no son habituales.
Si tuviera que estudiar ingeniería aeronáutica preferiría hacerlo en español por mucho que hayan sido los estadounidenses o los rusos los que hayan prorporcionado la mayor parte del material o los estudios. Así, si tengo que estudiar aikido, prefiero un profesor que utilice un lenguaje que me sea cercano, una metodología conocida y un estilo que se adapte a mí, con lo que mejorará mi aprendizaje.
Me resultan muy graciosos los profesores y alumnos que buscan imitar ciegamente aquellos que han visto porque lo hizo un tipo con los ojos rasgados, sin considerar otras opciones ni analizar cual es el objetivo, para que les sirve. Prefieresn la forma que el fondo. Esto es superficialidad.
Es como en los tests psicológicos de eligir la frase con la que se siente más identificado: muchos escogen la de "hay que imitar al maestro". No está mal pero quizá deberían plantearse la de "hay que aprender del maestro"...
... incluso, quizá, deberían preguntarse porqué no han escogido "hay que superar al maestro"...
Si Ueshiba hubiera sido conformista e imitador no estaríamos ni siquiera hablando del asunto.
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