lunes, julio 10, 2006

Enseñanza y evolución

Para todos aquellos que imparten clases de Aikido, es bastante cierto que el tipo de clases que se suelen dar son bastante similares a aquellas que se han recibido. La primera vez que un estudiante se planta frente a una clase con la responsabilidad de impartirla, la situación parece importante y se tiene una cierta inquietud, cierta necesidad de estar a la altura.

Es una reacción normal, ya que estamos sustituyendo al maestro titular que, para más agravante, es nuestro propio maestro; y los alumnos a los que nos dirigimos son nuestros propios compañeros.

Así, lo más habitual es repetir el esquema de clase de nuestro maestro y tratar de imitar su metodología de trabajo con la idea de que, al fin y al cabo, si fué buena para nosotros, no tiene porque ser mala para aquellos que vienen después. Ésta es la base de la tradición, en aikido y en cualquier otra actividad.

Sin embargo, esta actitud mimética debe ser (y normalmente es) superada a medida que nos hacemos con una clase propia o vamos estableciendo una relación particular con los alumnos. Hacemos el calentamiento que más nos gusta, y planteamos los ejercicios y técnicas desde una óptica que creemos interesante para los alumnos y para nosotros mismos. Esta soltura es interesante y reafirma nuestro desempeño. Estamos cómodos en la tradición de clase que hemos aprendido y así la desarrollamos.

Hasta aquí, todo normal. En muchas ocasiones, la historia finaliza (o queda suspendida) en este punto. Somos copistas, en el sentido más elevado del término.

Aún así, la tradición y la transmisión no es sino un filtro a largo plazo, como la mutación genética. Aunque nos limitáramos a intentar llevar a cabo las clases repitiendo aquello que nos ha sido enseñado, poco a poco, imperceptiblemente, iríamos arrinconando aquellas técnicas o ejercicios más incómodos, que menos entendemos, que se nos dan peor y al final, lo que para nosotros ha sido una vivencia en la transmisión de nuestro maestro, para nuestros alumnos es una anécdota y más allá es algo que símplemente no se hace, no se practica. Algo desconocido. Hasta cierto punto se corre el riesgo de perder un buen trabajo debido al filtro que supone nuestra propia experiencia.

Por todo ello, aquel que imparte clases de aikido debe tener un cierto compromiso con sí mismo y con sus alumnos (y con sus maestros) de intentar abarcar un conjunto completo de prácticas que asguren la completitud de la transmisión. Si una labor ha sido admirable ha sido la del Doshu Kisshomaru Ueshiba que estableció el conjunto de prácticas que definían el sustrato común del aikido, de entre la ingente cantidad que O Sensei practicó y enseñó a sus alumnos.

Así pues, el aikido del programa de técnicas del aikikai, recogido en diversas obras del Doshu Kisshomaru no es, ni mucho menos el espectro completo del aikido, sino la mínima expresión común. Por tanto se trata de un punto de partida, no de un fin, ni de un objetivo.

Esta actitud es la mísma que debe tomarse en el compromiso de la enseñanza. De alguna forma debemos transmitir todo aquello que nos ha sido transmitido, incluso aquello que nos hace sentir menos seguros o cuyo objetivo no vemos claro. Éste es el punto de partida. A partir de aquí cualquier aportación, complemento, enriquecimiento es deseable.

Todo ello sin irnos al extremo opuesto. No se trata de ser falsamente creativo, sustituyendo aquello que no nos gusta por nuestras propias creaciones y expresiones. Los principios deben ser los mismos. El sistema ha de permanecer cohesionado. Lo nuevo debe ser compatible con lo anterior.

Entender que esa continuidad es deseable es lo que hace que sea tan difícil incorporar nuevos ejercicios al trabajo sin desvirtuar lo anterior. Y eso mismo es lo que lo hace valioso. Tras años de práctica, un buen trabajo o un buen ejercicio que añadir a nuestro repertorio, sin menoscabar lo ya existente, es lo que da la medida de nuestro compromiso con la tradición del aikido.

Por tanto, evolucionar e incorporar nuevas prácticas es una obligación para enriquecer la tradición del aikido pero al hacerlo se ha de ser intachable. Es por ello que hace falta un nivel muy alto para hacerlo bien, pues se estará sometiendo al juicio de todos aquellos que lo practiquen y a la prueba del tiempo que, de no resultar una enseñanza apreciada, se encargará de arrinconarlo hasta su extinción.

Enseñar es el examen más duro, la prueba más difícil. Algunos lo abordan de forma descuidada, otros prefieren permanecer al margen, restándole importancia. Allá ellos, pues están desaprovechando una oportunidad única de evolución. Tras haber terminado el currículum oficial, agotado y aprobado los exámenes de dan hasta el último, la prueba final y definitiva consiste en someter la propia capacidad al examen del tribunal más implacable, el tiempo. Un juez que examina cada día que impartimos clase, haciendo que el poso que dejamos en los alumnos permanezca o se borre.

Cuando pensamos que ya hemos alcanzado cierto nivel, que poseemos valiosos conocimientos y que tenemos alguna capacidad es el momento de emprender la aventura para la que nos hemos estado preparando tantos años: enriquecer una tradición con la suficiente solvencia como para ser apreciados por los mas implacables observadores: nuestros alumnos y colegas. Y ahí no hay vuelta atrás: o evolucionamos o nos vamos al fondo.

Eso es la valentía y el compromiso. Como dice un amigo mío: feo pero con cojones !!