martes, abril 10, 2007

La búsqueda del conocimiento

Si alguien me preguntara la razón por la que persisto en el estudio de una disciplina tan poco práctica como el Aikido ó la Esgrima, sería largo de contar, casi demasiado como para que mereciera la pena la explicación. Para cuando llegara a conclusiones valiosas para mi interlocutor, el conjunto de condicionantes y circunstancias sería tan particular, que nada podría extraerse para provecho de otro.

Sin embargo, la búsqueda de un conocimiento, cualquiera que este sea, reviste algunos principios universales que es ilustrativo comentar con quien haya decidido embarcarse en cualquier aventura similar, independientemente del tema de su atención.

Dejando a un lado la motivación, imprescindible, pero difícilmente generalizable, toda búsqueda de conocimiento tiene una inspiración fundamental: ha de ser conocimiento útil, ó al menos presentar un potencial de utilidad razonable.

Ser útil no significa exactamente lo mismo que ser práctico. Hay cantidades ingentes de conocimiento muy útil pero poco práctico. Lo que sucede es que su utilidad no fructifica al ser aplicado, sino al ser estudiado. Todo conocimiento es útil si ha llevado a una transformación, ó una mejora, de quién lo ha buscado. Además la “practicidad” está unida, indisolublemente, a un campo de aplicación. Lo que es práctico en la agricultura es absolutamente superfluo en el mantenimiento de aviones, por decir algo.

Dicho de otro modo, para los menos dados a los conceptos abstractos, cargar cajas al hacer una mudanza es práctico, hacer pesas para mejorar el tono muscular es útil.

Desde esta perspectiva de utilidad existen dos modos de aproximación al conocimiento, ya descritos desde la antigüedad. Es la dualidad entre teoría y práctica. Al final ambas son útiles, pero constituyen dos estados diferentes del conocimiento.

El proceso de análisis – síntesis es análogo. Desde el punto de vista del estudio de las artes marciales, éstas están polarizadas en torno a estos mismos conceptos. Existen ciertas disciplinas que se centran sobre todo en lo “práctico” mientras que otras se consideran más “espirituales”. Al final están participando de esta misma dicotomía.

La diferencia radica sobre todo en los estudios incompletos. Imaginemos una corona que en dos puntos del diámetro tienen dos colores claramente complementarios, rojo y verde, por no centrarnos en el blanco y negro que siempre tiene ciertas connotaciones maniqueístas. Entre el punto del verde puro y el del rojo puro la gama de colores va transformándose gradualmente de uno en otro. Dependiendo del punto por el que decidamos entrar, la disciplina se considerará más espiritual ó más técnica, pero si vamos a realizar el circuito completo, al final habremos recorrido los mismos puntos, pasando por los mismos sitios.

Algunos practicantes ven el aikido como una disciplina muy espiritual, desvinculada de la efectividad y del combate. Esos mismos practicantes verán seguramente el boxeo como una disciplina muy práctica sin profundidad moral ni consideración a sus principios. Mi convencimiento es que los verdaderos maestros de ambas disciplinas saben que sencillamente aterrizaron inicialmente en puntos distintos del círculo y que si quieren tener acceso a la totalidad del conocimiento que se deriva de aquello que están buscando, acabarán encontrándose unos y otros.

Por supuesto puede haber malos practicantes en ambas escuelas. Los boxeadores que no ahondan en los principios, en el dominio interior, en la forja de su persona de forma completa no llegarán a nada, por muchos combates que inicialmente puedan ganar. Asimismo, los aikidocas que no pongan a prueba su espíritu en lo más básico y terrenal de la experiencia marcial y que no se obliguen a respetarse a sí mismos y a sus principios en la pura práctica, tampoco llegarán al conocimiento por más que quieran sentirse “elevados”.

Creo que el camino es el mismo, lo que cambian son las personas que lo recorren. Muy pocos son aquellos que han estado en todos los puntos del circuito, muchos menos de los que dicen haber estado. Es un camino tan difícil y tan personal que muchos de nosotros no nos basta una sola vida para hacer el camino completo ni aunque nos lo propongamos, con que si ni siquiera estamos inquietos por hacerlo, menos todavía.

Sólo algunos afortunados pueden hacer coincidir sus habilidades, voluntad, claridad de visión y tiempo para hacer el recorrido al menos una vez. Y, seguramente, tras la primera vuelta descubran que en realidad es una espiral más que un círculo que nos conduce lentamente al centro de dicho conocimiento, donde la experiencia vital es plena.

En mi opinión, el aikido es un arte marcial poco práctico, según los conceptos que se han descrito. Es tremendamente útil, pero su aplicación inmediata es escasa, si consideramos conceptos como la defensa personal ó el combate. Dicho de otro modo, el aikidoca tarda mucho en poder aplicar sus conocimientos. Necesita mucho tiempo para madurar, porque entra en un punto del conocimiento del dominio de lo abstracto.

Al practicante de aikido se le habla constantemente de principios, de actitudes, de técnicas “pactadas” (katas). No se le pide que improvise, ni que se enfrente a situaciones descontroladas, ni que luche. Se le pide que observe, que infiera principios, que repita. Se le vincula a unas reglas de estudio que le permiten trabajar con principios y no con resultados.

No todo el mundo entiende esto. Desde un punto de vista de “arte marcial”, el aikido ofrece muy buenos resultados a largo plazo, pero muy pobres a corto y medio. De hecho, sin menoscabo de la excelente actitud y sincero espíritu de práctica de los aikidocas en general, la mayoría tarda mucho, a veces muchísimo, en comprender este punto.

Las correcciones habituales en la práctica que los maestros hacen a los alumnos están vinculadas al deseo de éstos de salirse de la norma propuesta y hacerlo más “vivo”, más “real”, más “práctico”... y casi siempre demasiado pronto.

Algunos incluso sufrimos de ciertas “alucinaciones marciales” y llegamos a creer que este estudio controlado y reglado es “la práctica real”. No señalo a nadie sino a mi mismo, y a todos aquellos que como yo, alguna vez pensaron que lo único que había que hacer es realizar las katas más rápido, más fuerte, más “marcial”. Es como si se pudiera escribir una obra maestra de la literatura escribiendo muy deprisa las cartillas del colegio. Ahora pienso que no es así. Las katas, las técnicas del programa ó las que se proponen en los cursos nunca serán sino abstracciones de estudio de un conocimiento. Su dominio, junto a otras consideraciones que no están escritas en el programa y un recorrido personal por la espiral del conocimiento es lo que nos permitirá ser prácticos, al estilo que tantos añoran y que no deberían buscar en la tergiversación del aikido.

Si algunos necesitamos satisfacer nuestro ego poniéndonos a prueba, debemos hacerlo allí donde seamos libre para aplicar nuestro conocimiento al cien por cien, donde no haya reglas para ninguna de las partes... pero no satisfagamos nuestras carencias en un tatami a costa de nuestros compañeros. Independientemente de que éstas se manifiesten al luxar un brazo ó al “adoctrinar” a otros practicantes con nuestras interminables charlas y consejos. Ambas cosas ponen de manifiesto defectos que debemos resolver a solas, con nosotros mismos.

La búsqueda del conocimiento se ve entorpecida por estas distracciones que, desde luego, se alejan de los principios.