viernes, febrero 16, 2007

Los modos de entrenamiento

Resulta curioso como nuestros esfuerzos por ayudar a compañeros y alumnos a ampliar su conocimiento de aikido se ven corregidos por la realidad implacable. Deseamos transmitir conceptos, sensaciones y principios sin darnos cuenta de que para que todo ello asiente en el que escucha, debe haber unas condiciones previas que lo permitan.

Así, tendemos a explicar a nuestros alumnos aquellas preguntas y respuestas que nosotros mismos nos hacemos sin darnos cuenta que la diferencia entre los expertos y los aprendices reside, precisamente, en que manejamos vocabularios e incluso idiomas distintos.

He asistido frecuentemente, con perplejidad e incluso alguna tristeza, a los esfuerzos vanos de un determinado maestro por transmitir un concepto ó un matiz a unos alumnos que le escuchan cautivados por las hermosas palabras y ejemplos del maestro, pero a los que no deja poso alguno la explicación. Se levantan para practicar y todo aquello tan maravilloso que han escuchado y que tan encantadoramente les ha seducido no ha conseguido empaparlos, a veces ni mojarlos. Como si fueran de teflón, nada se pega.

¿Acaso hay una mayoría de alumnos que son torpes? ¿Son necios, descuidados, tan pagados de sí mismos que no hacen sino lo que les viene en gana, sin tratar de imitar lo que el maestro les pide? ... No lo creo. Sin poner en duda que habrá quien acuda a los cursos y las clases por motivos equivocados, la inmensa mayoría de los compañeros y alumnos con los que he tenido la suerte de practicar son personas de categoría. En todos los sentidos. En cualquiera de ellos.

Entonces, ¿por que es tan costoso hacer "productiva" una clase? En este momento hay que hacer una reflexión sincera sobre los roles que están sobre el tatami y los objetivos de cada uno de los implicados. En primer lugar es evidente que el profesor trabaja para sí mismo. La continuidad de la escuela, el progreso del grupo, la calidad de la actividad están directamente relacionados con el progreso del profesor, y dicho progreso sólo se puede producir (si es que se da) en las clases que imparte. Por tanto, las cuestiones sobre las que el profesor está trabajando se ponen de manifiesto en clase. Quizá el punto está en que dichas cuestiones y las que los alumnos deben aprender no son las mismas, o al menos no lo son en el mismo plano.

Si hay un defecto, entre muchos otros, que puedo atribuirme como profesor es que no he dado a mis alumnos un mapa claro de aprendizaje, unas indicaciones sobre el camino que pueden recorrer para progresar. Por lo general he contado y pedido que se apliquen conceptos, ideas y principios que incluso yo mismo estaba estudiando y perfeccionando en ese momento, por lo que es normal que haya fomentado el caos y la desestructuración de su enseñanza.

Tampoco es que tenga una solución brillante para este problema. Está claro que no voy a volver recurrentemente al ukemi, los desplazamientos ó los conceptos básicos cada seis meses para mostrar la base a los últimos incorporados. Esto detendría mi aprendizaje y todo el grupo se vería perjudicado. Pero lo que sí puedo hacer es explicar algo que pueda entenderse desde distintos planos de trabajo e indicar a cada alumno donde debería hacer hincapié, de forma que no todos andemos buscando lo mismo. Es una tontería que un alumno que lleva seis meses busque la fluidez, la sutilidad, el equilibrio interior cuando no sabe ni donde pone los pies.

Pienso que el desafío consiste en proponer trabajos que puedan derivarse de una práctica común, de una técnica concreta, pero que puedan dar satisfacción a los distintos planos de interrogación de los alumnos a medida que elevan su nivel. Y este tipo de organización de la enseñanza debe serles explicada.

Como profesor debería ser capaz de proponer una técnica que pudiera ser considerada en diversos planos y explicar, según los niveles de los distintos alumnos, que deben buscar en dicha técnica, en dicha práctica. Por poner un ejemplo, si explico algo como "yokomenuchi - sihonage" los más nuevos deben practicar el ataque y el desplazamiento junto con el control y el atemi, aquellos que lleven un tiempo deben buscar el trabajo sólido, enfocándose en la completitud de la técnica, aunque resulte ruda y discontínua, buscando ser preciso y sin fisuras, aunque haya de emplear cierta fuerza física. Los que sean más expertos y ya dominen los trabajos anteriores, deben buscar cierta continuidad y solapamiento entre la acción del aite y la del tori, así como un ukemi adaptado y fluido, buenas posturas. Luego están los que ya han superado esa etapa de enlazar su trabajo con el del aite y pueden centrarse en la fluidez, la relajación de la ejecución, la continuidad sin fronteras de los trabajos de los dos participantes, el respeto a la acción del otro, la armonía en la acción. Y finalmente, para aquellos que dominen cada uno de los planos anteriores queda el trabajo sobre el kokyu, la anticipación de la intención, la armonía en lo mental y en lo espiritual. Es el trabajo, imagino, de un maestro.

Cualquiera puede trabajar en su plano de estudio ó en cualquiera de los anteriores que ya haya superado, pero es injusto pedir a los propios alumnos que intenten trabajar en un plano superior a aquel que todavía no dominan. Tan es así, que muchos de estos alumnos, pecan de optimistas recalcitrantes y con una ambición mal entendida, pretendiendo sentirse en un nivel superior al que realmente han interiorizado. Así es como a veces se pone de manifiesto el ego, cuando no admitimos que estamos en un nivel inferior y que quizá todavía no dominamos los desplazamientos, los ataques ó el trabajo sólido, que es rudo y poco agradable, y pretendemos vernos capacitados para "fluir" y buscar la armonía.

A un niño no se le deja conducir un coche aunque lo pida y él se sienta muy seguro... y algunos profesores corregimos a nuestros alumnos pidiendoles que piloten aviones cuando apenas saben ir en bicicleta. Y eso no es justo. Ahora hay dos tareas pendientes: la de los profesores que deberían aceptar el nivel de sus alumnos, medir el nivel exigencia y proponer trabajos que puedan ser adaptados (quizá no siempre, pero tampoco nunca); y la de los propios alumnos, que deberían conocer cuales son las etapas del camino y en cual se encuentran y no pretender "saltarse" algunas para estar en cabeza de cartel ó para ahorrarse trabajos poco agradables.

Al final esto genera frustración y desánimo, cuando debería enriquecer y consolidar a las personas. Y, además, lo normal es que personas con capacidades y necesidades distintas, tengan tratamientos y enseñanzas distintas.